La comunidad: un don y una misión

por Jennifer Melke-Marks, Coordinadora administrativa
Guardo muchos buenos recuerdos de las reuniones con mi grupo local de “Asociados” de las Hermanas de la Caridad de Cincinnati, en las que compartíamos nuestra fe. Además de los asociados, solían acompañarnos un par de Hermanas. Rezábamos, leíamos las Escrituras y otros textos espirituales, y luego compartíamos en profundidad lo que estaba sucediendo en nuestras vidas, analizando nuestras experiencias desde una perspectiva espiritual. También compartíamos nuestros talentos entre nosotras. Una de las asociadas era una pianista talentosa y, cuando nos reuníamos en su casa, disfrutábamos escuchándola tocar. Había tal sensación de alegría, de pertenencia y de calidez en aquellas reuniones que a menudo me sorprendía recordando las palabras de Pedro en la Transfiguración: “Señor, qué bien estamos aquí”. Sí, la comunidad es sin duda un don.
Con el paso de los años, me he dado cuenta de que, aunque nos reunimos para recibir alimento espiritual y disfrutar del compañerismo, la comunidad es mucho más que eso. Los dones que recibimos en la comunidad no están destinados a quedarse dentro de ella, sino a ser compartidos con el mundo.
Renacidos en las aguas del bautismo, nos convertimos en miembros del Cuerpo de Cristo y estamos llamados a participar en la misión de Cristo como sacerdote, profeta y rey. Debemos reflexionar sobre cómo vivimos esta misión en la comunidad de la iglesia, en nuestra comunidad civil y en el resto del mundo. Como parte de ello, estamos llamados a encarnar la Palabra. Buscamos llevar la buena nueva del mensaje de Jesús, no solo hablando del Evangelio, sino encarnándolo allá donde nos encontramos: en nuestros lugares de trabajo, en nuestros hogares y en nuestros barrios. Estamos llamados a llevar a Jesús a los demás y, aun con nuestras imperfecciones, ser Jesús para los demás.
Vivir esta vocación exige una lectura atenta de los signos de los tiempos. También nos llama a mantenernos abiertos, en oración, al movimiento del Espíritu Santo, que a menudo nos sorprende, nos desafía y nos invita a ir más allá de nuestros propios planes y suposiciones. La comunidad nos ayuda a hacerlo. Con la guía del Espíritu Santo, discernimos juntos, nos escuchamos unos a otros, aprendemos unos de otros y nos dejamos desafiar para ver el mundo desde perspectivas diferentes a las nuestras. Recibimos la sabiduría que surge de este discernimiento compartido y dejamos que dé forma a la manera en que vivimos nuestra misión en el mundo.
La comunidad, entonces, es tanto un don como una misión. Es un don porque nos ofrece un sentido de pertenencia, alimento, amistad, sabiduría y alegría; un lugar donde podemos decir, como Pedro: “Señor, qué bien estamos aquí”. La comunidad es también una misión, porque lo que recibimos en su seno nos exige una respuesta: llevar lo que hemos recibido más allá de nosotros mismos y al mundo.
Por lo tanto, debemos invertir de forma creativa e inteligente en la construcción de la comunidad, sobre todo a medida que nuestras comunidades cambian y envejecen. Es posible que tengamos que descubrir nuevas formas de reunirnos, conectar, escuchar y compartir nuestros dones. La forma de la comunidad puede cambiar, pero su propósito permanece: nutrirnos unos a otros para que podamos salir, construir comunidad y compartir el mensaje del Evangelio dondequiera que estemos. El don de la comunidad se nos concede, en última instancia, por el bien de la Iglesia y del mundo. Nos reunimos para que podamos ser enviados. Recibimos para que podamos dar. Se nos nutre para que podamos convertirnos en alimento para los demás. Así, la comunidad es tanto el lugar donde experimentamos el amor de Dios como como el lugar donde hacemos visible ese amor en el mundo.




