La alegría de ser Ana
por Mary Ann Zollmann, BVM
Hermanas de la Caridad de la Santísima Virgen María

Mary Ann Zollmann, BVM, a initialement présenté cette réflexion le 12 août 2026 lors de l'événement "Sweet Conversations – Courageous Leadership" organisé par le Leadership Collaborative dans le cadre de l'Assemblée de la LCWR. Mira aquí la presentación original de Mary Ann. Haz clic en «CC» para seleccionar los subtítulos en español.
Mi conexión con Leadership Collaborative comenzó en el 2017, cuando participé como oyente reflexiva en un encuentro de verano de las participantes de la organización. Luego, en el 2024, formé parte del comité de planeación de Hope-Esperanza, como anciana sabia durante el encuentro en sí y escribí un capítulo del libro Lideres de Esperanza, una crónica íntima de ese evento.
En algún momento del año pasado, el Espíritu me llevó a pensar en Ana en el templo. Con el deseo de tenerla cerca, encontré una obra de arte en la que Ana sonreía ampliamente a los ojos risueños del niño Jesús que sostenía en sus brazos. A mis 85 años, un año mayor que Ana, esa imagen me habla al corazón. Aquí, en este espacio sagrado, este templo de la vida religiosa en este preciso momento, se encuentran las jóvenes y las mayores, las nuevas y los experimentadas. Al mirarnos a los ojos unas a otras, creamos y recreamos relaciones para el florecimiento de toda la creación humana y natural.
Ahora, diez años después de mi experiencia inicial con Leadership Collaborative, vengo con la pregunta: ¿Que guardo en mi corazón de esta relación tan significativa?
Y vengo con la alegría de ser Ana, tal como la describen las palabras poéticas de Mary Lou Sleevi:
Ana llega a este momento,
su rostro es la libre expresión
de todo lo que hay en su interior.
El momento-Jesús de Ana
es la fe consumada de una anciana
en un sueño hecho realidad.
Participar como anciana en el Leadership Collaborative y relacionarme con miembros más nuevos de diversas congregaciones y culturas ha despertado mi atención hacia lo que está sucediendo entre todas nosotras que actualmente vivimos la vida religiosa. Sin importar nuestra edad o etapa en la vida religiosa, estamos viviendo algo nuevo. Al acompañar juntas este nacimiento, quizá estemos viviendo el momento más poderoso de auténtica comunidad en la historia de la vida religiosa que se va desarrollando. Tal como lo veo a través de los ojos de Ana, nos estamos encontrando de manera intergeneracional e intercultural en un espacio lleno de gracia y de anhelo mutuo.
A todas nosotras nos ha atraído a esta vida un anhelo común de amar y ser amadas. Estamos comprometidas con esta vocación, digna de una inversión de toda la vida. Contamos con su belleza perdurable y queremos ser parte de ella, y creemos de todo corazón en la necesidad de su llamado. Algunas de nosotras hemos vivido esta vida durante décadas, atesorándola a través de múltiples transformaciones y amando en quiénes nos hemos convertido al vivirla. Otras entre nosotras experimentan nuestra vida como institucionalizada y buscan formas de vivir la comunidad para la misión que trasciendan las estructuras y procesos actuales. Movidas por el amor a esta vida, cuestionamos en qué se ha convertido y en quiénes nos hemos convertido al vivirla de esta manera.
Esta realidad en que las diferentes experiencias traen consigo visiones distintas de la vida que amamos ha despertado en todas nosotras un deseo de entablar relaciones entre nosotros que nos sumerjan más allá de lo superficial. Se nos invita a adentrarnos con valentía en los espacios de diferencia y a permitir que nuestro ser, nuestro hablar y nuestro actuar sinceros nos lleven más allá de los espacios de posible división hacia el entendimiento mutuo. En las asambleas comunitarias veo a grupos diversos acercándose unas a otras, nombrando lo que cada una percibe como el llamado del futuro, los dones que cada una aporta en respuesta a ese llamado, y sin querer que la conversación termine nunca. Soy testigo de comunidades que se plantean preguntas difíciles sobre su capacidad para acoger a nuevos miembros, que generosamente encuentran formas de apoyar la evolución de la vida religiosa más allá de la pertenencia a su propia congregación, y que experimentan la paz que proviene de ser auténticas. En reuniones centradas en la misión, me siento entre comunidades enriquecidas por la presencia activa de asociados, personal laico, compañeros y amigos, ya que todos ellos dan voz a los clamores del mundo, dejan que esos llamados guíen las declaraciones de dirección de la congregación y atesoran el don de una comunidad más impactante para la misión. Acompaño a los equipos de liderazgo mientras atraviesan el proceso de diálogo entre líderes electos con experiencia y líderes nuevos para asegurar que, en la diversidad de lo que aportan y la variedad de sus perspectivas, todas se sientan valoradas. Acompaño a las congregaciones en su proceso de establecer relaciones con una líder designada canónicamente; escucho mientras las más jóvenes y las mayores se preocupan por el bienestar mutuo, a medida que las dos congregaciones descubren un espíritu común de comunidad y misión, y celebran su papel en la expansión de la hermandad. Estoy presente en los capítulos congregacionales donde todas participan en una reflexión profunda sobre la desapropiación de terrenos y edificios, la planificación financiera para el futuro, la integración de los colaboradores laicos a la vida de la comunidad y el reenfoque de su atención en la esencia de su vocación. En conversaciones individuales con hermanas, escucho cómo estos momentos de vulnerabilidad las están impulsando hacia Dios, animándolas a realizar trabajo interior, a verse unas a otras a través de ojos iluminados por lo divino y a dejar que sus almas brillen en la innegable manifestación de ternura y afecto. Vislumbro a las hermanas en momentos de afirmación mutua entre generaciones: las mayores asegurando a las jóvenes que, sin importar adónde las lleve esta vida, estarán con ellas brindándoles apoyo incondicional; las más jóvenes expresando palabras de sincera gratitud a las mayores por su amor; y ambas sabiendo que todo estará bien. Y en todas estas experiencias, siento la tensión de lo aún sin resolver, los bordes en crecimiento de lo inconcluso, los anhelos que nos impulsan a regresar continuamente a la radicalidad de la comunidad y nos llevan hacia un futuro vasto, abierto y desconocido que aún nos espera.
Agradezco a Leadership Collaborative por invitarme a relaciones intergeneracionales e interculturales cada vez más amplias y por hacerme más atenta a los signos de lo que está emergiendo en esta vida que amamos, esto es lo que yo, una Ana contemporánea, veo. Ahora, firmemente arraigadas en los auténticos procesos sinodales, la transfiguración de nuestra vida y de quienes la vivimos continuará más allá de lo que hoy solo podemos imaginar. Mientras nos encontramos juntas en el umbral de algo más, esta es la hermandad de la que seguirá naciendo ese futuro. Mientras Ana sostiene la novedad en sus brazos, Mary Lou Sleevi reflexiona:
Las huellas de
la soledad, la solicitud y la solidaridad
se ven en las arrugas,
dando a su rostro un cierto realce.
Sostiene en sus hombros al recién nacido,
absorbiendo su latido,
experimentando la bendición de los años
entre ellos.
A Leadership Collaborative, le doy las gracias por el regalo inmensurable de absorber su latido, experimentando la bendición de los años entre nosotras y por la alegría de ser Ana.




